LAS SOPAS DE HARINAS

Hechas en caldo, las distintas harinas aportan cada una su peculiaridad dietética.

La técnica es universal: en el momento de hervir el caldo se echa la harina elegida que ha sido previamente desleída en agua fría hasta formar una masa homogénea.

La cantidad de­pende del gusto personal del chico, que la mamá esta­blece por observación; hay quienes aceptan la sopa apenas densa y otros que la prefieren como una pasta sumamente espesa.

En cualquier caso la harina tiene que estar bien cocida.

El añadido de queso duro ra­llado, huevo completo bien picado o carne molida es de rigor si la sopa es el plato único de una comida.

La harina de porotos, la de cebada y la avena arrollada aportan cantidades apreciables de proteína vegetal com­pleta; la de arvejas, hierro y cobre; la de lentejas, hierro; la de garbanzos, calcio; la de maíz, fósforo e hierro; pero la tapioca, por ejemplo, sólo calorías.

De ahí la conveniencia de variar frecuentemente las harinas de cereales que se darán al niño, de modo que se aprovechen sus componentes gracias a la va­riedad; sin olvidar que, en principio, las harinas en general son alimentos incompletos por sí mismos.

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